
Animar no es dirigir. Y la diferencia se nota más de lo que crees.
Sábado por la mañana. Campo de fútbol base. Suena el pitido inicial y, con él, arranca también el otro partido: el de la grada.
Instrucciones cruzadas. Gritos de ánimo que suenan a exigencia. Comentarios sobre el árbitro. Reproches al míster. Todo eso forma parte del paisaje sonoro en el que compite tu hijo cada fin de semana.
La intención casi siempre es buena. Quieres ayudar. Quieres que rinda. Quieres que le vaya bien.
Pero hay una distancia enorme entre lo que tú quieres transmitir y lo que tu hijo realmente recibe.
Cuando un niño de diez años escucha a su padre gritar «tira, tira, tira», no siente apoyo. Siente presión. Y la presión, en edades formativas, no mejora el rendimiento. Lo bloquea.
Los niños saben perfectamente quién grita desde fuera. Aunque no miren.
He trabajado con cientos de jugadores jóvenes a lo largo de los años, y te puedo asegurar una cosa: aunque parezca que están concentrados en el juego, saben si su padre está animando o está juzgando. Y eso cambia cómo juegan.
Cuando un niño siente que cada error va a ser señalado desde la grada, deja de arriesgar. Deja de intentar el regate, el pase difícil, la decisión propia.
Empieza a jugar para no equivocarse, no para aprender. Y un jugador que juega para no equivocarse no se está formando. Se está limitando.
La alternativa no es quedarse callado. Animar está bien. Aplaudir el esfuerzo está bien. Disfrutar del partido está muy bien.
Lo que hay que evitar es sustituir al entrenador. Porque cuando desde la grada se dan instrucciones tácticas —«presiona», «juega largo», «marca a ese»—, el niño recibe mensajes contradictorios: el míster le dice una cosa y su padre le dice otra. Eso genera confusión, no mejora.
Prueba esto en el próximo partido: decide que solo vas a decir tres cosas desde la grada.
Solo tres. Por ejemplo: «vamos», «bien» y «tranquilo». Nada más. Ningún comentario táctico, ninguna corrección, ninguna queja al árbitro. Solo esas tres palabras.
Después del partido, pregúntale a tu hijo cómo se ha sentido. La respuesta te va a sorprender.
El fútbol base es un espacio de aprendizaje, no de rendimiento. Tu hijo no está compitiendo por un contrato profesional: está aprendiendo a tomar decisiones, a gestionar emociones, a esforzarse y a convivir con otros.
Y la mejor forma de acompañar ese proceso es estar presente, disfrutar y confiar. En él y en quien lo entrena.
Animar no es dirigir. Apoyar no es corregir. Y estar ahí, con una sonrisa después del partido —gane o pierda—, es el mejor mensaje que le puedes dar.
Chema Ruiz
Director de la Escuela Creativa de Fútbol · Profesor ULPGC
Cada dos semanas publico un artículo como este sobre fútbol base, valores y familia. Si te interesa, apúntate a El tercer tiempo. → Apuntarme
Acaba el partido. Tu hijo sube al coche. Tú arrancas el motor y, sin pensar... más
La FIFLP ha decidido ampliar la suspensión de toda la actividad federativa ... más
La FIFA visitó el Estadio de Gran Canaria para supervisar los avances de ca... más
La Federación Interinsular de Fútbol de Las Palmas (FIFLP) ha activado el P... más