
La primera frase puede cambiarlo todo: abrir el diálogo… o cerrarlo para siempre.
Tu hijo lleva tres partidos sin entrar. O ha cambiado de posición y no sabe por qué. O simplemente notas que algo va mal y no sabes cómo abordarlo.
Y entonces piensas: voy a hablar con el míster.
Bien. Es lo que hay que hacer. Pero cuándo, cómo y con qué primera frase lo hagas va a decidir si esa conversación mejora algo o lo estropea más.
El peor momento para hablar con el míster es justo después del partido.
Las emociones están muy arriba —las tuyas y las suyas—, el contexto es ruidoso y cualquier comentario puede sonar a reproche. Si algo te preocupa, espera al menos un día. Deja que se enfríe. Una conversación en frío siempre es más productiva que una en caliente.
Y cuando decidas hablar, busca un momento tranquilo. Fuera del entrenamiento, fuera de la vista de los jugadores. No en la puerta del vestuario, no delante de otros padres, no gritando desde la valla. Un mensaje breve —«me gustaría hablar contigo cuando tengas un momento»— abre la puerta sin forzarla.
Hay algo que las familias a veces olvidan: el entrenador ve a tu hijo en un contexto que tú no ves.
Ve cómo entrena entre semana. Cómo se relaciona con los compañeros. Cómo responde a las instrucciones. Cómo gestiona la frustración. Puede que su decisión no te guste, pero casi siempre tiene una razón. Y si le preguntas con respeto, probablemente te la explique.
El problema es que la mayoría de estas conversaciones no empiezan con una pregunta. Empiezan con una acusación disfrazada de pregunta. «¿Por qué no juega?». «¿Qué pasa con mi hijo?». Y al otro lado, inevitablemente, se levanta una defensa.
Un entrenador a la defensiva no te va a dar la mejor respuesta.
Por eso lo más importante de toda la conversación es la primera frase. Prueba con esta:
«Me gustaría entender cómo ves a mi hijo.»
Ocho palabras. Nada más para empezar. Esa frase invita al diálogo en lugar de cerrarlo. Deja al entrenador con ganas de explicarse en lugar de ganas de defenderse. Y lo que venga después vendrá mejor.
Lo que nunca ayuda, pase lo que pase en esa conversación, es hablar mal del entrenador delante de tu hijo. Porque si el niño percibe que su padre no confía en quien lo dirige, él tampoco va a confiar. Y sin esa confianza, el proceso de aprendizaje se rompe.
Puedes no estar de acuerdo con una decisión. Pero la forma de gestionarlo es hablándolo con el entrenador, no quitándole autoridad delante del jugador.
También existe el escenario contrario: padres que nunca hablan con el míster porque no quieren molestar. Tampoco funciona. El silencio no es respeto, es distancia. Y la distancia no ayuda a nadie. Si algo te preocupa, pregúntalo. Si algo no lo entiendes, pide que te lo expliquen. Lo único que cambia es el tono y el momento.
En el fútbol base, el triángulo jugador-familia-entrenador funciona cuando los tres lados se respetan. No hace falta estar siempre de acuerdo. Hace falta empezar la conversación con ganas de entender, no con ganas de ganar.
Eso sí marca la diferencia.
Chema Ruiz
Director de la Escuela Creativa de Fútbol · Profesor ULPGC
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